ENTORNO NATURAL Y PASTOREO TRADICIONAL

¿Que si el paisaje con su gran variedad cromática, los cambios estacionales, las encinas en flor, el olor de la tormenta o el canto de la oropéndola influyen en el queso? Pues sí o, al menos, nos gusta creer que en el nuestro, sí.   

Nos ubicamos en el extremo oriental de la comarca natural del Campo de Montiel, compartida entre las provincias de Ciudad Real y Albacete, en una altiplanicie con altitud media de 900 metros; con La Mancha al norte, Sierra Morena y la Sierra de Alcaraz al sur. Su altitud, orografía y clima le confieren unas características singulares. A ello se suma la mano del hombre, que desde antiguo ha ido perfilando este territorio ondulado con dos actividades fundamentales: la agricultura y la ganadería. El resultado es un paisaje formado por masas de encinares, sabinares, tierras de cultivo, eriales, cañadas o lagunas estacionales. Un paisaje reconocible, con identidad propia y en el que no ha de faltar el ganado con “pastor, perro y garrota”.

En el entorno más próximo a nuestra quesería, ganado, pastor y perro se encuentran con manchas de aromáticas en flor, donde tomillos, romeros o mejoranas compiten por la mejor fragancia y por atraer al mayor número de abejas cuya miel acompañará a unas buenas cucharadas de requesón. Encinas repletas de flores colgantes en primavera y quejigos de follaje ocre salpicando el otoño; entre tanto, podemos disfrutar del dorado estival de la mies. 


Es territorio del águila imperial por el día y del búho real por la noche. En las zonas más abiertas vemos aves esteparias como alondras, gangas, alcaravanes, sisones o las enormes avutardas. Encuentran también aquí también su hábitat numerosas especies de mamíferos, siendo fácil observar conejos o liebres; desde hace unos años, también ciervos. A ellos se suman otras especies más esquivas como jabalíes, zorros, comadrejas o lirones caretos.

Cabe destacar que en las depresiones que forma el terreno, en periodos de generosa pluviometría, se forman lagunas estacionales llamadas navas o navajos donde los suelos arcillosos retienen el agua varios meses y dan lugar a una auténtica explosión de vida. Las navas acogen en invierno a cientos de aves acuáticas migratorias, a pesar de los fríos de estas tierras altas. En primavera, otras especies acuáticas como el tarro blanco, el ánade azulón, la avoceta, las cigüeñuelas, el flamenco común o la gaviota reidora dan color y sonido a estos espejos de agua que les proporcionan refugio y alimento por medio de la infinidad de invertebrados que en ellas se desarrollan. Y, cómo no, la apacible imagen del ganado bebiendo a orilla de una nava.

Estos son los campos por donde pasta el ganado; bocado aquí, bocado allí, aprovechando los recursos que proporciona cada estación del año. Desgraciadamente, esta forma natural de alimentación está desapareciendo por el aumento de los ganados estabulados.

El equipo humano que formamos este proyecto somos conscientes de la riqueza que atesoran nuestros campos y de la importancia de su mantenimiento. Creemos firmemente que, además de mantener una tradición ancestral, con nuestra actividad contribuimos a la riqueza natural del entorno.